Odnośniki


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del asedio.
Al saber esta nueva, los miserables que acudieran en tropel para
ver fusilar al pobre soldado, apenas podían creer que se les defraudase
este, espectáculo; algunos de ellos empezaron a gritar en la plaza:
-¡Traición!.. ¡traición!
Empero el presidente, mandó al sargento Descarmes que apunta-
se los nombres de los vocingleros, para premiarles según merecían:
entonces aquella pillería despejó en un momento la alcaldía y sus in-
mediaciones, dejándonos expedito el camino para salir del edificio.
Yo había agarrado a Burguet del brazo, y marchaba a su lado de-
rramando lágrimas de alegría.
-¿Está usted satisfecho, Moisés? -preguntóme, radiante de júbilo.
-¿Cómo no estarlo? -contesté. -¡Aarón, el mismo hermano de
Moisés, el más grande orador de Israel, no habría hablado, mejor que
usted! Le debo mi tranquilidad. Todo cuanto me pida usted por este
servicio, estoy pronto a dárselo, hasta donde alcancen mis fuerzas.
En tanto íbamos bajando la escalera, siguiéndonos los del Con-
sejo, que abandonaban el salón uno a uno, sombríos y pensativos.
Burguet sonreía.
-¿Es de veras, Moisés? -preguntó deteniéndose y mirándome fi-
jamente.
-Sí; y, en prueba de ello, he aquí mi mano.
-Pues bien: le pido una buena comida en la Ciudad de Metz.
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-¡Oh! de todo corazón.
El barón Parmentier, el tesorero Cochois y el síndico Muller, es-
peraban a Burguet en la puerta de la alcaldía para felicitarle. Mientras
le rodeaban, estrechándole la mano, me sentí abrazado por Safel, a
quien Zeffen enviaba para adquirir noticias. Le estreché contra mi
pecho, y le dije, enajenado de gozo:
-Ve a avisar a tu madre que hemos triunfado en toda la línea y
que hoy como con Burguet en la Ciudad de Metz.
Safel echó a correr hacia nuestra morada..
-Hoy me acompañará usted a la mesa -decía a Burguet el barón
Parmentier.
-Gracias, señor alcalde -respondió él; -estoy comprometido con
Moisés. Si le parece, lo dejaremos para otro día..
Y pasando su brazo por debajo de] mío, me condujo hasta el ex-
tenso comedor de la señora Barriere, donde, a pesar del asedio, podía
percibirse un cierto olorcillo a carne asada, que abría el apetito más
cerrado.
-Pues que vamos a comer solos -le dije a Burguet, -hágame; el
favor de elegir los vinos y los platos que más le gusten. Dispóngalo
todo a su antojo, porque yo no entiendo ni una palabra de estas Cosas.
Los ojos de mi compañero brillaron de placer.
-¡Bueno! ¡bueno! -murmuró: -quedamos entendidos.
En la sala donde entramos, se encontraban también el comisario
de guerra y dos oficiales más, quienes se levantaron de sus sillas para
saludarnos.
Yo hice llamar a la señora Barriere, que se presentó inmediata-
mente con su servilleta debajo del brazo, alegre y rubicunda según
acostumbraba. Burguet le dijo unas palabras al oído, y enseguida abrió
la puerta de una habitación inmediata, exclamando:
-Pasen ustedes, señores: no les haré esperar.
El aposento que se nos destinaba era una reducida pieza don dos
ventanas a la plaza, y una buena chimenea, en la cual chisporroteaba
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un abundante fuego, constituyendo lo que se llama un excelente gabi-
nete de invierno.
Una criada vino a poner la mesa mientras nosotros nos calentá-
bamos las manos sobre el mármol de la chimenea.
Burguet decía riendo:
-Me siento con un apetito atroz, mi discurso va a costarle a usted
muy caro.
-¡Me alegro, amigo mío! Lo que me haga usted gastar, no llega-
rá, por cierto, a lo que le debo.
 ¡Ea!  repuso mi amigo dándome golpecitos en la espalda:  pro-
curaré no arruinarle: pero eso sí, comeremos bien.
Por fin, dijo grave y lentamente a la criada, que esperaba nues-
tras órdenes:
 Escucha, Magdalena: vas a servirnos esto y lo otro; y en cuanto
a los vinos, este para la comida y este otro para los postres.
 Está bien, señor Burguet  respondió la sirvienta, saliendo de la
estancia.
No quiero, amigo Federico, abusar de tu paciencia. Bástate saber,
que no faltaron en nuestra mesa ni las legumbres frescas, ni los man-
jares suculentos, cosas todas muy raras desde que se habían cerrado
las puertas de la ciudad: ¡hasta ensaladas! La señora Barriere la con-
servaba en su cueva y el propio Burguet la aderezó con aceite de oli-
vas. A los postres comimos las últimas peras de agua que se vieron en
Falsbuego durante el invierno de 1814.
 Moisés  díjome mirándome con los ojos achispados:  si todos
los juicios me fuesen pagados como usted lo ha hecho, sería el hombre
más feliz de la tierra. Desgraciadamente, estos son los primeros hono-
rarios que cobro desde que ejerzo la abogacía.
 Pues yo  repuse entusiasmado,  a hallarme en su lugar, aban-
donaría Falsfurgo; iría a establecerme en una gran ciudad, donde bri-
llaría más su talento. A buen seguro que no le faltarían comidas como
esta, y una habitación de príncipe.
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 ¡Ah! Veinte años atrás ese consejo sería excelente; pero ahora
llega demasiado tarde. Vamos a tomar café, Moisés.
Así quedan olvidados en cualquier rincón de provincia muchos
hombres de genio, sin que nadie llegue a saber lo que valen. Su vida
humilde termina siempre con una muerte obscura y desaparecen de la
tierra sin que nadie hable de ellos.
Burguet no abandonaba por nada en, el mundo su antigua cos-
tumbre de dirigirse al café al dar las cinco de la tarde para jugar a las
cartas con el viejo judío Salomón, que vivía solamente del juego. El y
otros cinco o seis comerciantes de la población, eran hábilmente ex-
plotados por aquel tuno, que tomaba cerveza dos veces al día a expen-
sas de sus incautos compañeros, sin contar los escudos que embolsaba [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]
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    sas de sus incautos compañeros, sin contar los escudos que embolsaba [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]
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