Odnośniki


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caballo y se dirigieron unos frente a la tienda del rey de Francia, otros frente a la del rey de
Bohemia, donde formaron un cortejo, de dos en dos, seguido cada caballero de su portaestandarte, e
hicieron su entrada en las lizas.
Unas cuerdas dividían el recinto en dos mitades, en el sentido de la largura. Los dos bandos
se alinearon frente a frente. Después de unos largos toques de trompeta, el rey de armas avanzo
unos pasos y repitio por ultima vez las condiciones del torneo. Finalmente exclamo:
-¡Cortad cuerdas, gritad batalla, cuando querais!
El duque de Borbón no oía jamás sin cierta congoja ese grito, pues era el mismo que en
otros tiempos lanzaba su padre, Roberto de Clermont, sexto hijo de San Luis, en las crisis de locura
que tenía a menudo en medio de una comida o de un Consejo real. El duque de Borbón prefería ser
juez a contendedor.
Los hombres designados para romper las cuerdas descargaron sus hachas. Los
portaestandartes salieron de las filas; los mozos a caballo, armados con trozos de lanzas que no
tenían más de un metro, se alinearon contra el barandal, dispuestos a ir en auxilio de sus dueños.
Luego la tierra tembló bajo los cascos de doscientos caballos lanzados al galope unos contra otros;
empezaba la refriega.
Las damas, de pie en las tribunas y gritando, seguían con los ojos el yelmo del caballero
preferido. Los jueces observaban atentamente los lances para designar a los vencedores. El chocar
de las lanzas, los estribos, las armaduras y de toda aquella herrería, producía un estrépito infernal.
La polvareda tapaba el sol.
En el primer encuentro, cuatro caballeros fueron derribados de sus corceles y otros veinte se
quedaron con la lanza rota. Los mozos, respondiendo a los aullidos que salían de las aberturas de
los yelmos, se apresuraban a llevar nuevas lanzas a los combatientes desarmados y a levantar a los
desarzonados que pataleaban en el suelo como cangrejos patas arriba. Uno de ellos tenía una pierna
rota y tuvo que ser retirado por cuatro hombres.
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Librodot
Librodot Los reyes malditos VI - La flor de lis y el león Maurice Druon 101
Miles de Noyers se mostraba displicente y, aunque era juez, se interesaba muy vagamente
en el espectáculo. A decir verdad, estaba alliperdiendo el tiempo. Tenía que presidir los trabajos de
la Cámara de Cuentas, fiscalizar los decretos del Parlamento, vigilar la administración general del
reino; pero, para complacer al rey, debía permanecer alli, mirando como aquellos vocingleros
rompían lanzas de fresno. No ocultaba sus sentimientos.
-Todos esos torneos cuestan demasiado; son derroches inútiles que disgustan al pueblo -
decía a sus vecinos-. ¡El rey no oye protestar en las aldeas y en las campiñas! Cuando pasa, no ve
más que a gente que se inclina para besarle los pies; pero yo conozco bien los informes que me
traen los bailes y prebostes. ¡Vano despilfarro de orgullo y futilidad! Durante estos días no se hace
nada; las ordenanzas tardan dos semanas en firmarse; el Consejo no se reune más que para decidir
quien será rey de armas o caballero de honor. La grandeza de un reino no se mide por esos
simulacros de caballería. Bien lo sabía el rey Felipe el Hermoso, que, de acuerdo con el Papa
Clemente, prohibió los torneos.
El condestable Raul de Brienne, poniendo la mano a manera de pantalla sobre los ojos para
ver la refriega, respondio:
-Ciertamente no os equivocáis, messire; pero olvidáis que el torneo es un excelente
entrenamiento para la guerra.
-¿Que guerra? -preguntó Miles de Noyers-. ¿Creéis, acaso, que iremos a la guerra con esos
pasteles de bodas en la cabeza y esas mangas festoneadas que cuelgan más de dos varas? Os
concedo que las justas ejercitan la destreza para el combate; pero el torneo, desde que no se hace
con armadura de guerra y el caballero no lleva el verdadero peso, ha perdido todo el sentido.
Incluso es pernicioso, pues nuestros jóvenes escuderos que no han servido en las huestes creeran
que el enemigo hace lo mismo y que se ataca sOlo cuando se oye el grito de «¡cortad cuerdas!».
Miles de Noyers tenía autoridad para hablar así, pues había sido mariscal del ejército en los
tiempos en que su cuñado Gaucher de Chatillon empezaba a desempeñar su cargo de condestable, y
Brienne se ejercitaba todavía en el estafermo.
-Conviene también que nuestros señores aprendan a conocerse para la cruzada -dijo el
duque de Borbón con aire de entendido.
Miles de Noyers se encogió de hombros. ¡Si que podía el duque, ese mandilón de leyenda,
hablar de cruzada!
Messire Miles estaba cansado de velar por los asuntos de Francia, bajo un soberano a quien
todos consideraban tan admirable pero que a él, por su larga experiencia en el poder, le parecía
poco capaz. Le sobreviene cierta fatiga a uno cuando hay que continuar esforzándose en una
dirección que nadie aprueba; y Miles, que había empezado su carrera en el tribunal de Borgoña, se [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]
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